martes, 18 de marzo de 2014

Y la peque llegó al mundo

Unas semanas después de nacer la peque, escribí su parto, como hice también cuando nació Tosía. Lo reescribo ahora aquí, porque fue un parto muy bueno (como el de Tosía) y por experiencia sé que gusta encontrar historias de parto que van bien; supongo que no he sido la única embarazada loca y buscadora compulsiva en internet.

10 de octubre

Aquella mañana me levanté a las siete y media. Había puesto el despertador antes, para desayunar tranquila y recoger la casa antes de que llegara Gloria (la muchacha que nos ayuda con la limpieza de la casa). En esta recta final de embarazo, el momento del desayuno mirando un rato el ordenador, sola y tranquila, era de mis momentos preferidos del día. El día anterior me lo pasé preocupada por si tenía o no una fisura en la bolsa, porque me estaba mojando un poquito más de lo normal, aunque no mucho. Así que pasé el día mirando en internet (y mirando mis braguitas) y sembrando de dudas a mi madre y a papá piofaurio. Por la noche, papá piofaurio quiso llevarme al hospital, pero me tranquilicé un poco, vi que ya no estaba mojada y lo dejé pasar, sobre todo pensando en Tosía y en que tendríamos que sacarla de casa y estaba a punto de acostarse. Esa mañana, sin embargo, me levanté normal y me encontraba muy tranquila. Mientras desayunaba escribí en el espacio en Facebook que comparto con mis amigas. Justo cumplía las 38 semanas, era una semana clave, en la que nació Tosía y sentía un montón de cosas que tenía que expresar; sobre todo que últimamente necesitaba darle mucho cariño a mi niña, se acercaba un tiempo en que no podría dedicarle toda mi atención y cariño a ella y ese tema me tenía especialmente sensible. Terminé de desayunar, empecé a recoger. Llegó Gloria. Y ocurrió: me agaché para guardar en el cajón del mueble del salón el hule y al levantarme, ¡¡rompí aguas!! Tenían razón en los miles de blogs y foros que leí el día anterior, cuando se rompe la bolsa, se nota. Entonces llamé a Gloria: “Creo que he roto aguas”, le dije y creo que empecé a temblar un poquitín, porque llegaba la hora y de golpe me puse muy nerviosa. Qué bien que era jueves y estaba Gloria, que, aunque ha parido tres veces, también se puso muy nerviosa. Entre las dos pensamos los pasos a seguir: llamaría a mi padre, que estaba más cerca y me podría llevar antes y luego a papá piofaurio que justo ese día se había dejado el móvil en casa; yo lo vi tirado en la cama al despertarme y pensé, "vaya, está para tener que llamarle de urgencia" (pues sí). Así lo hice: llamé a mi padre e intenté que no se pusiera muy nervioso especificándole que había roto aguas, pero que no tenía dolores ni nada, vaya, que no tenía que salir corriendo cual fitipaldi. Pero yo ya lo noté nervioso y, según me contó mi cuñada después, se puso atacado. Llamó a mi madre que no se lo cogía, protestó “ ¡¡esta mujer que no coge el móvil” (me lo puedo imaginar). Lo siguiente era avisar al padre de la criatura. Yo seguía de pie, con un charquito bajo mis pies. Gloria me obligó a sentarme en el sofá y me dijo que dejara de preocuparme de mojarlo todo. Busqué la página web del instituto del papi, localicé el teléfono y llamé. Se ve que el conserje mandó a un alumno a llamarlo y, como yo no me identifiqué, papá piofaurio pensó que lo llamaban de algun servicio técnico de los portátiles y mandó decir al alumno que no podía atender a quien fuera, que estaba en clase (qué huevón). El conserje me dio el recado de que no se podía poner y yo solté un efectivo: “ es que he roto aguas” y al minuto estaba al teléfono. Ya le comenté qué había pasado y que mi padre venía de camino. Quedamos en que yo despertaba y vestía a Tosía y se iría con él cuando llegara. A continuación me duché , pero antes dejé un mensaje en el whatssap que comparto con mis amigas. Ese día no pararíamos de hablar, fue casi un parto retransmitido, bueno, y una operación, que resulta que mi amiga Patri justo esa mañana estaba teniendo unos dolores muy fuertes que resultaron ser una apendicitis, así que compartimos planta del hospital. Me duché, me vestí con mi vestido premamá rosa y fui a despertar a Tosía, que entonces estaba durmiendo en un colchón (o cama de Dora la exploradora) del desmantelado “cuarto verde” , ya rosa, y que pronto tendría unos muebles muy chulos. Protestó un poquillo, como siempre, para despertarse y la convencí diciendo que venía el papu y que no iría a la guarde. En esto me llamó mi madre para decirme que ya estaban llegando los dos. Con ella se me quebró la voz cuando me preguntó cómo estaba, y estaba realmente nerviosa. Decidí entonces que Tosía se vendría con nosotros, porque se podía quedar con mi padre, mientras mi madre me acompañaba a mí, y le dejé una nota al papi para explicárselo. Desinflé la pelota de pilates y la guarde con su inflador por si me era útil luego (y tanto que me sería útil). Los papus llegaron y nos fuimos. Tosía desayunaría allí con su papu. De camino me estuvieron contando cómo mi madre había salido de su instituto (sí, también se dedica a la enseñanza) entre aplausos y vítores de sus compañeros, jeje.
Llegamos al hospital. Mi padre paró el coche en la puerta de urgencias y nos bajamos mi madre y yo. La pequeña piofaurio se quedó llorando, pero nada que un zumo y unas tostadas no pudieran remediar. Después de pasar por el mostrador de urgencias, y tal y como nos dijo la recepcionista, nos encaminamos a la urgencia de ginecologia y allí nos sentamos en la sala de espera. Mi madre, que no es fan de ese hospital (donde también nació Tosía) exactamente porque opina que hay muy poco personal (que es verdad), ya empezó a decir que si la chica de recepción no me había preguntado si tenía contracciones o algo, que en el hospital Materno (que es público) me hubiesen trasladado ya en silla de ruedas. En la sala de espera estuvimos poquito (al menos creo que sí me colaron ante otras urgencias menos urgentes) y recibíamos y mandábamos whatssap. Yo, a mi hemano Manolo que estaría trabajando el pobre hasta las tantas de la noche y que me contestó algo así como “¡¡ánimo, culo!!”. Por su parte, mi madre no paraba de recibir mensajes de mi hermano Paco, que le preguntaba si tendría a la niña ese día, para ver si se venía ya pidiendo permiso o esperaba al día siguiente que ya descansaba. Mi madre le contestaba que cómo iba a saberlo, pero él seguía dándole vueltas. Al final se vino.
Entramos en la consulta. La ginecóloga que me iba a atender también en el parto, era muy amable, como la mayoría de ginecólogas de allí y compañera de estudios de mi ginecóloga. No obstante, reconoció su letra al recabar los datos de mi cartilla de embarazo. Me preguntó una serie de cosas y me explicó lo que yo ya sabía: me quedaba allí ingresada y si no me ponía de parto en 24 horas, me lo inducían. A continuación, me explorarían. Y, entonces, llegó él, el matrón buenorro, jajaja. Todavía no había comenzado a dilatar ni había visos de contracción y Tictoria estaba bien; durante los monitores, cada vez que la peque hacía un movimiento brusco, me salía más líquido, con lo cual me puse perdida y puse perdida la silla. Estando en monitores llegó el papá de las criaturas. Yo había dejado a mi madre llamando a la Policlínica donde había asistido durante el embarazo porque no tenía los resultados del exudado vaginal y resulta que al llamar le habían dicho que no los tenía. Papá piofaurio vino para volver a preguntarme los datos e insistir. Si no tenía los resultados, para curarse en salud, comenzarían a ponerme antibióticos cada cuatro horas (creo). Y, aunque papá piofaurio más tarde se fue bastante cabreado para la Policlínica y consiguió que encontraran los resultados, no sabemos si las auxiliares de la planta le llevaron la información a la ginecóloga. La cosa es que comenzaron a ponerme los antibióticos, y así ya hasta que bajé a parir.
Me mandaron a una habitación, trescientos y pico, que no estaba en la zona de maternidad. Lo sé porque el super matrón lo preguntó extrañado. Mi madre también criticó eso. Era una buena habitación, pero más pequeña y con peores vistas que la suite que tuve la otra vez, que casi estábamos estrenando el hospital. Al llegar a ella, Antonio trajo las maletas del coche, me duche y puse cómoda. Mientras, mi padre infló la pelota de pilates y después bajaron con Tosía a comer. Yo comencé mi “entrenamiento” que consistió toda la tarde en sentarme sobre la pelota de pilates y hacerla girar moviendo la pelvis, haciendo círculos y delante a atrás y en dar paseos por el hospital, subiendo y bajando escaleras de vez en cuando. También descansaba, no hay que olvidar que mi cuerpo soportaba una barriga gigante. Por ejemplo, descansé a la hora de la siesta. De este momento hay una mítica foto de mi padre, papá piofaurio y Tosía fritos en el sofá. Estaban de los nervios por mí, vaya. Mi madre corregía exámenes. Un poco después de la hora de la siesta, acabados de llegar mi primo Juani y mi tío Fran, me trasladaron a la zona de maternidad, en la planta cuarta, donde la habitación era más grande y los vecinos eran niños o embarazadas (poca gente, eso sí). Cruzando el pasillo que separa los dos edificios del hospital y torciendo luego a la izquierda llegaba a la habitación de mi amiga Patri. Mis paseos por el hospital los solía hacer sola, pero en dos ocasiones me acompañó Tosía, ella ya deambuló dentro de mí por esos pasillos hacía dos años y ocho meses. La segunda vez ya me costó aguantar sus juegos, su querer bajar o subir más escaleras de la cuenta, etc. Durante toda la tarde fui teniendo contracciones, pero leves y, sobre todo, muy irregulares. Fue al caer la tarde cuando empezaron a intensificarse. Esta vez yo había pedido a mis padres que no avisaran a nadie hasta que me bajaran a paritorio. Pero no pudo ser, porque mi padre tuvo que avisar a mi tía de que no podría llevar a mi abuela al médico al día siguiente. Como los jueves comen todos juntos en casa de mi tío, pues ya se fueron enterando. No es que me importara mucho, solo que llega un momento en el que ya casi no puedes hablar con nadie y se suele notar. A mí ese momento me llegó al anochecer. Estaban allí mi tía Vivi, mi tío Paco, mi primo Francisco y Ali, mis hermano y Leila y Esther (aparte de mis padres, mi esposo y mi hija). Me trajeron la cena y, raro en mí, no me apetecía comer nada, ni siquiera el plátano que venía de postre. Las contracciones comenzaban a ser un poco más dolorosas y más regulares. Más o menos cada diez minutos, aunque no siempre. Mi tía Vivi me lo notó en la cara, ya no me apetecía mucho conversar. Y Esther también me lo debió notar cuando me animó a dar un paseo con ella. Las contracciones seguían. Nos acercamos a la habitación de Patri. Ya la habían operado. Su marido estaba fuera y estuvimos hablando con él. Esther entró, pero yo ya no me sentía cómoda. La cosa iba a más. Al volver a la habitación mis tíos y mi primo se fueron. Esther también se encargó de pasear a Tosía en algún momento. Mi pequeña piofaurio lo había vivido todo con aparente naturalidad, me preguntó si estaba malita cuando me ponían los antibióticos, pero cuando ya me puse de parto, era mejor que se la llevaran. Las contracciones ya eran cada cinco minutos más o menos. En esto llegó la que sería mi matrona. Una chica joven, seria, pero agradable. En todo momento me dio seguridad y tranquilidad. Al tenderme en la camilla para explorarme, mis piernas temblaban. La matrona me dijo que al segundo parto íbamos más nerviosas. Por lo visto estaba aún muy poco dilatada. “Necesitas contracciones, me dijo”. Mi cuerpo, tan obediente y responsable como yo, se puso a ello. Al irse nos advirtió: “ cuando tenga contracciones cada tres minutos durante una hora, me avisáis”. Dicho y hecho. Mis siguientes contracciones ya eran cada tres minutos y de pronto tuve una  fuerte fuerte con la que me agarré a la cama y me retorcí un poco. “¿Al agua?” me preguntó mi madre. Ya iba yo de camino a mi querida ducha, con toda la incertidumbre del mundo, ¿me iría tan bien como la otra vez? La dinámica en la ducha fue la siguiente. Yo sentada con una mano apoyada siempre en la ducha para activar el agua super caliente cuando llegara la contracción. Mi madre (a veces relevada por papá piofaurio) a mi lado, con un abanico para darme aire en los intervalos sin dolor. Esther vino a despedirse y yo casi no podía hablar. Fuera mi padre cronometraba, dentro mi madre también, aparte de ponerse los zapatos chorreando (creo que nunca voy a olvidar esa imagen). Como digo, en los intervalos, yo respiraba profundamente, intentaba descansar y mentalizarme para la nueva contracción y ¡¡me dormía!!. Estaba muy cansada de todo el día de “entrenamiento” y la contracción me dejaba exhausta. Di alguna minicabezadilla incluso. El aire del abanico era esencial. A veces me pasaba con el agua y me achicharraba. A veces no salía seguido el agua caliente y me entraba el pánico. Durante la contracción también intentaba respirar profundamente y mandar oxígeno a Tictoria, pero no sé si lo conseguía. Gritar, no grité; gemidos y lloriqueos sí, pero gritos no. En un momento mi madre me dijo:”tú eres muy fuerte, ¿eh?” Yo no estaba segura, solo estaba segura de que no quería salir del agua, que me ayudaba a sobrellevarlo y de que esto pasaría y que era para algo muy bueno e importante.Pues pasó una hora y mi madre fue al puesto de auxiliares a que avisaran a la matrona. Por un lado, bueno tenía que venir, eso era obvio, pero por otro lado, yo no quería, porque me iba a sacar del agua, me iba a tumbar en la camilla, me iba a poner monitores... Todo eso conllevaba no soportar seguramente el dolor. Incluso me habían puesto los antibióticos sin necesidad de salirme de la ducha.

11 de octubre del 2013

Una hora más tardó en llegar la matrona, ya serían las once y media pasadas o las doce. Imaginad a mi madre, jeje, estaba que trinaba. Cuando por fin llegó la matrona y le dijimos que llevaba dos horas con contracciones cada tres minutos, me volvió a explorar. Me dijo que estaba de cuatro (¡¡¡todavía!!), pero que me iba a bajar porque si me seguía tocando estaba de cinco, de seis... Yo le dije que si me podía meter otra vez en el agua y me contestó que imposible, que estaba de parto, que me iba volando para abajo. Recuerdo a papá piofaurio recolocándose la camisa dentro del pantalón para acompañarme con buena presencia. Mi madre y sus zapatos empapados ya habían cumplido con creces. No sé si por falta de personal o porque en realidad vio que yo estaba dilatando mega rápido, la misma matrona con una de las auxiliares empujaron la camilla camino del paritorio. Por el camino no tuve casi contracciones, según recuerdo, y la matrona aprovechó para preguntarme si mi otro parto había sido rápido. Al hacerle un resumen de lo que sucedió en mi primer parto, aceleró y me dijo “y querías quedarte arriba”. Al llegar me dieron las contracciones más enormes y dolorosas, para quedarse sin respiración y para preguntarle a la matrona si me iba a poner la epidural.La matrona, hipertranquila, me dijo que mientras preparaba las cosas y me miraba nos lo pensábamos, que le parecía que ya no iba a hacer falta. Yo le cogí la mano a papá piofaurio y la matrona bromeó sobre que era como en las películas. Cuando me miró, efectivamente, ya estaba dilatada. Estuvo un rato sorprendida de lo rápido que había sido y así se lo contó a la ginecóloga cuando llegó. Pues ya tenía yo unas ganas de empujar horribles. Ella me colocó ya para empujar y yo le pedí estar lo más sentada posible, y ella accedió sin problemas. Me dijo que ahora cuando sintiera dolor podría empezar a empujar, pero despacio. Bien porque es cierto que el dolor del parto se te olvida, o bien porque la otra vez fue una liberación tan grande llegar al momento de empujar, yo había pensado, e incluso contado por ahí, que no duele. Ja. Sí que duele, es un dolor distinto al de la contracción, pero es lo más intenso que se puede sentir. Esta vez mis ganas de empujar eran enormes y en una ocasión en medio del pujo, me frenaron, ¡¡cómo iba a frenarlo!! Pero fue rapidísimo. De pronto noté cómo salía mi niña y entonces la matrona y la ginecóloga sacaron a Tictoria y me animaron a que la cogiera y me la pusiera en el pecho. Dios mío, qué experiencia más enorme, más bonita. Se me saltan ahora las lágrimas al recordarlo;  aunque entonces, como me pasó con Tosía,  no lloré. Eran las una menos veinte del 11 de octubre. Estaba de nuevo super feliz. Es una felicidad que de pronto te relaja y te hace tener ojos solo para tu hija. Había pesado tres kilos cien (creo, qué mala madre que no me acuerdo muy bien). No sé por qué a Tictoria la vi, desde el principio, más indefensa que Tosía. Lloraba más, no abría los ojos del todo, ay qué cosa más pequeña. Ahora sí, me fijé en su nariz peculiar, jeje. Después se la dieron a papá piofaurio, que parecía más grande  y fuerte al cogerla. A mí solo me tuvieron que dar un par de puntos. El ratito en la sala de recuperación fue super tranquilo, el papi daba cabezadas. Solo le despertaba yo contándole cómo iba evolucionando la niña y haciéndole preguntas trascendentales como “¿eres feliz conmigo?” y esas cosas. Tictoria comenzaba poco a poco a abrir más los ojos y entre mis dos pechos se movía y se movía escalando por mi cuerpo. La matrona me ayudó a ponerla al pecho. Parece mentira, yo que había estado dando teta a Tosía hasta los dos años, ahora me encontraba super torpe. La matrona bromeó conmigo, era yo la que le tendría que emseñar a ella. Pero más que por la teta, por lo pequeñísima que era la bebé. Ella y su boquita muy pequeñas, mis pezones, sobre todo el izquierdo, muy grandes, pronto iban a aparecer las grietas. Pero lo importante es que desde el principio se cogió sin problemas y ahí estuvo tomándose el calostrillo. Papá piofaurio ya había avisado a mis padres. Esta vez el recibimiento en la habitación iba a ser muy distinto, no la boda gitana que se montó con Tosía. La matrona no llamó a ningún celador y entre Antonio y ella condujeron la camilla hacia la habitación. Las auxiliares de la planta al vernos llegar exclamaron “¿¡¡yaaa!!?”. Una que es rapidita. Y en la habitación estaban mis padres y las locatis de mi tía Marga, Bárbara y Paulita. Bárbara bautizó a Tictoria como Pou, porque daba grititos como se supone que los das el bicho ese de las tablet y móviles. Aún se lo dice. Y todos se preguntaba, “¿de quién será esa nariz?”. Y nada, entré a ducharme y convertí el cuarto de baño en el escenario de un crimen. Tuve que agarrarme en la ducha porque me mareé. Estaría así con mareíllos al estar de pie todo el día siguiente. Una que se cree muy fuerte, pero el esfuerzo hecho había sido grande como para estar perfecta. Me tomé unas natillas de chocolate que había comprado papá piofaurio. Vinieron a arreglar a Tictoria, mi madre nerviosilla buscó su ropa y sus cositas. Y la acostaron en la cunita. Ya nos dejaron solos y rondarían ya las tres o tres y pico. Esa madrugada dormí solo una hora. Primero no podía dormir de los nervios, de la tensión acumulada. Recuerdo que me dolían los brazos, seguramente del esfuerzo al agarrarme a los asideros en la cama de parto. Y no podía parar de mirar a Tictoria. Luego, le di el pecho. Al mismo tiempo y después de darle, me dieron unos fuertes entuertos. Y cuando ya nos dormimos las dos, vinieron a pesarla y nos despertaron. Luego a traerme el desayuno y me volvieron a despertar. Pero fue el desayuno más rico que he comido en toda mi vida, qué hambre tenía. Ese día no pararon de venir visitas, y a pesar de no haber dormido nada, no lo llevé muy mal. Me podía más la ilusión de enseñar a Tictoria, de compartirla con todos. El primer encuentro de las dos hermanas fue de la siguiente manera: le había pedido a mis padres que cuandoTosía fuera a conocer a la hermana estuvieramos solos, porque ella a veces cuando había mucha gente se ponía muy tonta y de mal genio. Entró ella solita, le enseñamos a Tictoria que estaba en la cunita y dijo: “¿qué es eso?”, jajaja. Ya le explicamos que era la hermanita y le dimos el regalo que supuestamente le había traído (así tenía yo el barrigón que tenía). Y poco más, ya se lió con el regalo, entró la primita Inma y ninguna de las dos volvió a hacerle mucho caso a la que será su próxima compañera de juegos en casa de los papus. Tosía se acercaría más a la hermanita ya en casa. La pobre se puso ese mismo día muy malilla, con muchísima fiebre, más que nunca, así que bajó por la tarde a urgencias y ya los médicos recomendaron que no subiera. Así que yo la volvería a ver el domingo. No lloré al parir, pero con esto de no poder bajar a estar con Tosía y después no ternerla allí con nosotros el primer día, sí que lloré, a mares. Bueno, y por más cosas, que los primeros días llora una por casi todo.

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